"Palabra de hombre": ¿quién la tiene y quién la apuesta?
(Usaremos pseudónimos para ocultar nuestra identidad)
Un viernes por la noche, cuando cualquier otro (normal) estudiante
universitario tiene planes de salir con amigos y parchar en algún lado,
nosotros nos adentramos en una riña de gallos. Nos dimos cuenta de que si uno
no está inmerso en ese mundo de los gallos, no se da ni cuenta de que en Cali
existen cuatro galleras. Fuimos a la gallera La Sirena, que queda cerca de
Siloé. Un lugar bien peculiar para nosotros y bien difícil de encontrar pues
nos pasamos y nos tocó devolvernos; nos guiamos por unas luces que venían de
una calle ciega. Llegamos como buenos primiparos a este lugar desconocido, y
nos quedamos hesitando cuál boleta comprar. Al final optamos por la de 10.000
pesos y entramos.
Impresionados por las cosas nuevas de nuestro alrededor, no
parábamos de mirar todo el lugar: gallos en las jaulas, los juegos de azar
(dados…), el restaurante, el “ring”… Y parte de nuestro primer acercamiento fue
esa sensación de ser unos exploradores de un mundo nuevo en el cual los
habitantes de ese mundo nos veían de manera extraña. Pero este sentimiento se
fue yendo poco a poco a medida que avanzó la noche, por lo menos para los
hombres del grupo; en este contexto machista nos enfocaremos más.
Nos dimos cuenta que para los hombres del grupo fue más fácil
ser aceptados que las mujeres. Esto se debe más que todo a que los compañeros
tenían ese impulso de apostar. Además de que en ese tipo de ambientes las
apuestas son hechas por mayoritariamente hombres, entonces cada vez que iba a
empezar una riña, miembros del público (masculinos) miraban a Canelo y Tormenta
para ofrecerles apuestas de todo tipo. Se apreció mucho el contexto machista,
aunque no completamente machista, de una gallera.
Fuimos completos desconocidos. “Nosotros éramos intrusos,
intrusos profesionales, y los aldeanos nos trataron como […] siempre tratan a
la gente que no pertenece a su vida, […]: como si no estuviéramos allí.” (Geertz, 2003, pág. 339) . Pero hubo un punto
de quiebre, una epifanía, un antes y un después. Y para nosotros ese punto de
quiebre fue cuando decidimos apostar entre todos. Reunimos 40.000 (cada uno dio
5000), y apostamos. En ese momento dejamos de ser intrusos y ya éramos parte de
la masa del público. Ocho minutos después de pelea, perdimos. El gallo al cual
le apostamos perdió y cada uno de nosotros perdió 5000.
Todas las apuestas son pagadas inmediatamente después del fin
de cada riña. No se aceptan deudas ni un “luego le pago”. “Tampoco oí decir que
una apuesta no fuera pagada, quizá porque en medio de una multitud acalorada y
en el ambiente de la riña de gallos las consecuencias para los defraudadores
podrían ser drásticas e inmediatas.” (Geertz, 2003, pág. 352) . Es más, Canelo tuvo
el coraje de preguntarle a uno de los espectadores que qué pasaba si alguien no
pagaba. El gesto del señor bastó para asustarnos: se pasó la mano por el
cuello. Claramente, nadie iba a dejar que eso pasase. Porque, citando a este
personaje, “es palabra de hombres”.
Quién apuesta y quién no… Durante el corto tiempo pudimos ver
cómo la gente dentro de este escenario parece ignorar a la mayoría de mujeres
que había. Eran ignoradas para las apuestas. Un observador superficial puede
concluir que esto es debido al machismo que rodea el ambiente de la gallera y
puede que esté en lo cierto. Sería paradójico que una mujer participe de esta
actividad, puesto que se piensa que ella no tendría cómo cumplir con su
palabra, puesto que es “palabra de hombres”. Simplemente está simplificando los
fenómenos que se dan dentro del contexto. Pero si además de esta observación,
se indagara un poco sobre aquellos que son parte activa de las apuestas, se
podría ver que éstas dependen meramente del honor. Aunque sí vimos mujeres participando de las
apuestas. Tal vez dejando esa “palabra de hombres” de lado seríamos capaces de
ver que el género no va de la mano con la capacidad para apostar, sino que se
trata más de la confianza que tengan las dos partes entre sí para garantizar
una apuesta honrada. Entonces probablemente, cuando se ignoran las mujeres en
estas prácticas, no es tanto por el hecho de ser mujeres, sino por el hecho de
ser personas extrañas; personas que no tienen un precedente ni alguien que
garantice que cumpla lo que dice.
Y llegamos al punto donde encontramos los diferentes tipos de
apuestas. Hay dos tipos: apuestas desiguales y apuesta pareja. La apuesta
pareja, o central, es la de los dueños de los gallos, o las “casas” que se
enfrentan. Cada representante de la casa entra con un vale, y si pierde el
gallo, el dueño entrega su vale al otro dueño y reclama su plata. Estas apuestas
generalmente son de grandes sumas de dinero; mientras que las apuestas
desiguales son menores, pero no menos importantes. “Los dos sistemas de
apuesta, aunque formalmente incongruentes, no son en realidad contradictorios
entre sí, sino que forman parte de un sistema mayor en el cual la apuesta
central es, […], el centro de gravedad que, cuanto mayor es, más atrae las
apuestas periféricas hacia el extremo de menores desigualdades de la escala” (Geertz, 2003, pág. 354) . Entre más
caros y favoritos los gallos que van a pelear, más cara es la apuesta; y entre
más cara es la apuesta central, más caras serán las apuestas desiguales.
Al finalizar nuestra experiencia, llegamos a la conclusión de
que en este tipo de lugares se mueve mucho dinero alrededor de diferentes tipos
de apuestas. Aquella persona que se sienta lista para apostarle a un gallo
tiene que estar dispuesta tanto a ganar como a perder, sin contar que su
palabra de hombre será medida en caso de perder. Las represalias de no pagar
una apuesta pueden llegar a ser mortales, las cuales nos dejan un tanto
incómodos. Pero a pesar de todo, fue inevitable sentir que únicamente vimos la
punta del iceberg. No nos fue posible desenmarañar las complejas redes que habitan
dentro del escenario de las apuestas de una riña de gallos; ni mucho menos
encontrar un punto en común entre los actores que conforman esta red.
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